Algo para comenzar a recordar viejos tiempos, cuando lo que pensabe y sentía lo escupía en el primer papel que pillaba. Esta redacción, surge cuando me preguntaron sólo por dos palabras: la que me agrada y la que más me llama la atención.
Fíjate en la correinte del sur y del norte, chocan fuertemente sin contemplación alguna. Tú al medio de la Alameda, esperando ver un alma que sepa recoger tus penas. Mientras aspiras el polvo en suspensión, el ruido de la ciudad se aleja cada vez más.
El aire penetra manso en tus pulmones, los suevisa y provoca en tu pecho algo de alivio. Ya no están los que te miran con desprecio, recelo y repugnancia. Vuelve a respirar.
Cuando gires, verás a La Moneda expedita y las calles de Santiago vacías. Estás abandonado en medio de la nada. Cierra los ojos y vuelve a hacerlo. Ahora, experimentarás esa reacción voluntaria que te llevará a escapar hacia los extremos de lpa Tierra, entra en tu cuerpo, choca con tus manos y piernas, llega hasta la cabeza y profundiza en tus sentidos. Aguanta un poco allí, aprovecha el momento en que sentirás que el mundo es tuyo.
Si logra ingresar en tu mente, notarás que no es más que una hermosa doncella que no para de vailar. Más, con su típico descaro y sutil soberbia, te tomará d etus manos y cambiará lo que te rodea por algunos momentos. Sin embargo, esos segundos se desvanecen rápidamente. Ella, con su virgan sonrisa, desaparecerá sin que alcances a despedirte. Alguien viene, pero no puedes esconderte.
Bruscamente, abres tus ojos, tu cuerpo reacciona y tus sentidos vuelven a posicionarse. La gente reaparece, todo vuelve a la normalidad. Quedas en medio de la muchedumbre, te insultan y empujan ¡Estorbas, muévete! dicen. Y la tensión comienza a gobernar.
Miras a tu derecha, y miras una banca ya algo acabada con sus palos y tornillos sueltos. Te sientas y rotas tu mirada casi biónica lo que otros dicen y piensan. esas conciencias resultan ser graciosas, algunas obscenas y otras penosas, pero no hay nada en sus rostros que asemejen aquellas ideas. Al parecer, los vientos de Santiago las esfuman velozmente.
La gente avanza más rápido, mientras el sol pega más fuerte, no te queda otra que ir a descansar a los pastos d ela Casa de Gobierno. Con tus sábanas rotas y la escasa ropa que te queda, te recuestas sobre ellas contemplando el último suspiro que te queda. No te preocupes, ya no serás para el resto, el vómito humano ignorado por todos nosotros.